En las alturas de nuestra Cordillera Oriental, entre las quebradas de Pucayacu y Tulluragra, los antiguos peruanos se encontraron ante un valle glaciar y pequeño. Un poco más allá, al extremo sur, vieron cómo se extendía lo que pudo ser un  pantano o laguna que dominaba el paisaje con su forma singular. Debían llamar ese paraje de alguna manera y la propia naturaleza los estaba inspirando.

De ahí que, tomando dos términos quechuas – atoc: zorro, cocha: laguna – decidieron bautizar la región con el nombre de Atoccocha. Eran épocas en que los moradores del ande escarbaban la tierra en forma rudimentaria; apenas arañaban la superficie en busca de minerales, que luego utilizarían para su metalurgia. 

En nuestros días, la laguna y el pantano inspirador no existen más.


Atacocha 1901

Desaparecieron con el tiempo; un tiempo de siglos. Y sin embargo la denominación ha permanecido: Atacocha. Es el nombre del distrito minero y el de la empresa. Es el nombre que quizás pretende recordar el esfuerzo y tesón necesarios para conseguir que la Cordillera produzca, comparable con el tiempo que los minerales permanecieron ahí guardados.

De cualquier modo, lo cierto es que hasta fines del siglo pasado, el nombre de Atacocha se mencionaba ocasionalmente. Correspondía a una zona más, entre otras varias circundantes a la provincia minera de Cerro Pasco. La atención se dirigía fundamentalmente al asiento de Yauricocha o Cerro de Pasco que, desde su descubrimiento en 1630, se había ido convirtiendo paulatinamente en una de las principales fuentes de producción de plata para el Virreinato del Perú.

Hacia Cerro de Pasco y desde los más diversos puntos del país habían llegado contingentes de mineros. Los campamentos se poblaban progresivamente. Merced ese crecimiento se fue formando la villa de Cerro de Pasco, que en 1639 recibió el titulo de “Ciudad Real de Minas” por decisión del Rey Felipe IV de España y en 1771 durante el  virreinato de Manuel Amat y Juniet, el de “Villa Minera de Cerro de Pasco”.

El título no resultaba arbitrario. Se le llamaba “Villa Minera de Cerro de Pasco” y ello se reflejaba en la cotidianeidad de la vida de sus habitantes, cuya organización tenía que depender del laboreo en el asentamiento. Las observaciones de Antonio Raimondi permiten una aproximación a sus características del siglo pasado. Tras explorar  la región durante ocho años y a la par de confeccionar una detallada relación de muestras que él mismo recolectó y analizó, el sabio italiano escribía en su “Memoria sobre Cerro de Pasco y la Montaña de Chanchamayo” publicada en 1885:    

“La ciudad de Cerro de Pasco se halla enteramente minada: al punto que, en muchas casas se oyen los golpes de los barreteros que trabajan debajo de las mismas viviendas; y ha habido caso de ver hundirse el piso con todos los muebles, en una de esas grandes cavidades subterráneas. Hubo ejemplo de una catástrofe de esa naturaleza durante la noche, que obligó a los moradores a huir precipitadamente, sin tener siquiera tiempo para vestirse”. 

La población, la vida, los títulos, todo aquello que se relacionara con Cerro de Pasco contribuía a acrecentar la fama del depósito; sus yacimientos se volvieron célebres. Era natural entonces que las referencias al nombre de Atacocha vinieran a adquirir mayor nitidez recién en años posteriores o que, inclusive, en un principio fuesen sólo debidas a la proximidad con Cerro de Pasco o Yauricocha.

No obstante, el propio Antonio Raimondi en su obra “Los Minerales del Perú” formuló la primera referencia explícita y documentada de Atacocha. Analizó tres muestras que de acuerdo a sus observaciones provenían:

“del mineral de Atacocha, a tres leguas del cerro de Pasco, entre las quebradas de la Quinua y Tulluragra”.

A lo cual Raimondi agregaba:

“En el cerro donde se halla esta mina existen otras muchísimas, pero son todas muy superficiales”.

Trabajos diversos contienen por añadidura, referencias, que bien podrían comprender el yacimiento de Atacocha. La referencia a Chiquirín por ejemplo – nombre con que se conocía antiguamente al poblado de Chicrín -  es una de ellas. Figura en “La Memoria sobre el rico mineral de Pasco” que don Mariano de Rivero y Ustáriz `publicó en 1828. El texto señala que el: 

“….. cerro elevado llamado Chuquitambo, en el que se hallan las minas de oro….”

Y tras una descripción de la estructura geológica:

“….. en él yacen las piritas cúbicas auríferas y el carbonato de cobre verde. Estas piritas se explotan desde tiempo muy atrás; alteran con el esquisto arcilloso que también encierran las piritas cúbicas. El cajón de este metal, dá de 4 a 5 onzas; el oro es de la mejor ley y el metal tan abundante aquí y en los cerros de la Quinua, Chiquirín y Huamanranca, que hay para muchísimos años……”.

Estudios como los citados reflejaban la importancia creciente de la región. Pero ya en el presente siglo y tras la promulgación del Código de Minería, vigente desde 1901, surgió la necesidad de un estudio que incluyese el levantamiento del plano topográfico y catastral de la región. Esa fue una de las tareas encargadas a la Comisión de Cerro de Pasco, que presidió el Ing. Marco Aurelio Denegri. 

Para cumplir su cometido, los miembros de la Comisión tuvieron que vencer no pocas dificultades. En su informe, la propia Comisión señaló que la zona estaba “habitada en su gran mayoría por improvisados  mineros nacionales y extranjeros, quienes preocupados tan sólo de hacer fortuna y viviendo durante largos años a tan grande distancia del Gobierno de la República, se figuraban que las leyes, decretos gubernativos y reglamentos administrativos, no podían modificar costumbres que tranquilamente habían arraigado en el transcurso del tiempo y que tácitamente reemplazaban y hasta contrariaban a aquéllos”.


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